O por qué los pilotos rusos están hechos de otra pasta
Tupolev Tu-1547 de septiembre de 2010. Vas volando tranquilamente en un viejo Tupolev. Vas leyendo o mirando el paisaje siberiano (que, siendo sinceros, es básicamente verde hasta donde alcanza la vista). De repente, todo se apaga. Literalmente.
Las luces, las pantallas, los ruidos de los sistemas. Silencio. Oscuridad.
Si te pasa en un Airbus, estás jodido porque sin ordenadores no vuela ni Dios. Si te pasa en un Boeing, estás muy nervioso. Pero si te pasa en un Tu-154... bueno, ahí depende de quién lleve los mandos. Aquí la llevaban dos bestias: Andrei Lamanov y Evgeny Novoselov.
El avión era un Tu-154 de Alrosa Airlines (los de los diamantes, sí). Llevaba años volando sin dar problemas gordos, pero los sistemas eléctricos soviéticos tienen fama de ser... cómo decirlo... "caprichosos".
El caso es que a 10.600 metros de altura, los generadores empezaron a fallar uno detrás de otro. En un avión normal, tienes redundancias. En un avión soviético también, pero la redundancia falló también. Los pilotos probaron a resetear los interruptores (que son como cien, no como en los aviones modernos que tienen tres botones) y nada.
Se quedaron con lo puesto: sin radio, sin transponder, sin indicadores de velocidad fiables, sin flaps, sin frenos automáticos, sin nada.
Lamanov y Novoselov se miraron. Había niebla abajo, pero en un claro divisaron algo raro: una línea recta, gris, cortando el verde infinito de la taiga.
El navegante sacó un mapa de papel (de esos que se doblan mal y ocupan todo). Miró. Miró otra vez.
— Joder, es Izhma.
Izhma era un aeropuerto fantasma. Lo habían cerrado en 2003. La pista medía 1.325 metros, que para que te hagas una idea, es casi la mitad de lo que necesita un Tu-154 para aterrizar como Dios manda. Estaba llena de baches, con hierba hasta las rodillas y árboles creciendo por los bordes.
Además, ellos no tenían flaps. Sin flaps, un Tu-154 aterriza a 400 km/h en lugar de 280. Eso significa que necesitas más pista, no menos. Los números no salían. Era como intentar aparcar un autobús articulado en una plaza de garaje de un Seat Panda.
Lo que pasó después es pura sangre rusa. Lamanov dijo: "No llegamos a ningún otro sitio. Las baterías no nos dan para más. Vamos a Izhma." Novoselov, que tenía 42 años y era un profesional, tragó saliva y asintió. No había otra.
Comenzaron el descenso sin saber exactamente a qué velocidad iban. Usaron el sentido de la vista y la experiencia. Lamanov calculó la trayectoria mirando por la ventanilla como si fuera un piloto de la Segunda Guerra Mundial. Nada de ordenadores, solo ojos y tripas.
A 50 metros del suelo desplegaron el tren. No tenían luces verdes en el panel que indicaran que estaba bloqueado. Tuvieron que fiarse del clunk mecánico que escucharon. El mismo sonido que lleva escuchando cualquier piloto ruso desde los 70.
Tocaron tierra a 400 km/h. Los neumáticos chillaron como cerdos al rojo vivo. El avión rebotó una vez. Lamanov tiró del freno aerodinámico a la vez que pisaba los frenos de toda la vida, como si estuviera parando un camión con los frenos de mano.
El Tu-154 se salió de la pista. Sí, se salió. Entró en la maleza. Árboles jóvenes crujían bajo las alas. Los pasajeros iban agarrados a los reposabrazos con los nudillos blancos. Y luego... nada. Silencio. El avión se paró.
81 personas a bordo. 81 personas vivas. Cero heridos. Ni un solo arañazo. El avión paró a 200 metros de un desnivel boscoso que se llevaba por delante a cualquiera. Las alas estaban un poco dobladas por los arbustos, pero el fuselaje, intacto.
Los pilotos salieron, se miraron, y creo que ninguno de los dos fue capaz de decir nada inteligente durante un buen rato.
El gobierno ruso les dio a Lamanov y Novoselov la Estrella de Héroe de Rusia. Se la merecían. Pero lo que realmente mola de esta historia es lo que no sale en los comunicados oficiales: que aquel día la tecnología falló, los sistemas electrónicos se rieron de los ingenieros, y al final lo que salvó a 81 personas fue un piloto con arrestos y un mapa de papel.
Eso es el Milagro de Izhma.